Al ver esto, el niño se preguntó porque el elefante no escapaba. La cadena no se veía muy fuerte y la estaca era poco resistente. Estaba seguro de que si él daba un fuerte tirón lograría liberarse aunque tuviera que llevarse a todo el circo por delante.
Sin embargo permanecía en su lugar, quieto y obediente.
– Papá, ¿cómo es posible que ese elefante no haga nada por huir? –preguntó el niño– Mira que débil se ve esa manera, ¿por qué no se echa a correr?
El padre observó al animal y luego le habló a él:
– Lo que pasa es que está amaestrado. Lo entrenaron desde pequeño para seguir las órdenes de su cuidador.
– Y si está amaestrado, ¿entonces por qué le ponen la cadena? –insistió el chiquillo, pensando que aquello no tenía sentido.
Esta vez, el padre no supo que contestar:
– Supongo que lo hacen por costumbre –dijo dubitativo y el niño no se quedó muy satisfecho con la respuesta.
Años más tarde, al crecer y reflexionar en la misma situación, volvió a buscar una respuesta. Y esta vez alguien le dijo algo que resolvió la incógnita por completo:
– "El elefante no escapa porque desde que era pequeño, lo encadenaron a una estaca igual. Siendo tan indefenso en ese entonces, es probable que haya tratado de soltarse una y otra vez en vano. Que haya sudado, se haya esforzado al máximo y llorado sin mover la estaca ni un milímetro. Hasta que llegó el día en que se resignó y dejó de intentarlo".
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Adaptación de un cuento de Jorge Bucay
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