Emilio me enseñó de niño el poder de la magia.
Cuando estábamos en el huerto quitando piedras una y otra vez, él me explicaba que había que hacerlo siempre, porque las piedras nacían bajo la tierra y con los años iban subiendo a la superficie, por lo que por más que quitáramos, siempre subirían otras a medida que se fueran haciendo grandes.
Y se enfadaba mucho cuando le señalaba entusiasmado un fruto, un tomate, un melón, un pepino... porque según él, eso lo "aneblaba" y podía matar la planta.
E incluso conocía el poder de la luna y de los viernes: las semillas no podían plantarse en cualquier momento, con una fase de la luna se estiraba la planta que sembraras para producir más semillas y casi no producía hojas o, al revés, producía muchas semillas y ningún fruto; o las cañas y la madera que había que cortarlas en la mengua, mejor la de enero, para que se conservaran con los años; o el vino que había que trasegarlo con la mengua, o en viernes, para que no se "picara", no se avinagrara...
O el poder de la baba de los caracoles para quitar las verrugas, o el de las hojas de olivo si nos contábamos las verrugas y escondíamos una hoja de olivo por cada una, y cuando se secaran se nos caerían.
O que había que poner unos granitos de trigo bajo las semillas de las calabazas, los melones, las sandías o los pepinos porque nacerían mejor y con más fuerza.
Todas esas cosas me contaba cuando yo era un niño y lo escuchaba con ojos de asombro porque todo aquello, para mí, entonces, era pura magia.
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