Cuando nacemos lo hacemos en grupos humanos en los que, normalmente, nos empapamos de sus marcos mentales, unos marcos mentales con los que
construimos nuestra formas de interactuar con el mundo, tanto mental
como física o emocionalmente.
Esos marcos los necesitamos para un primer conocimiento y para una primera interacción del mundo en el que nacemos pero, a la vez, bloquean, impiden la posibilidad de otras
descripciones de la realidad y de otras formas de interactuar con ellas
lo que dificulta y ralentiza brutalmente la posibilidad de evolucionar como individuos y como especie.
Además, se trata de marcos mentales necesariamente compartidos que crean una
descripción colectiva de la realidad y por eso, cuando alguien genera un
nuevo marco mental o modifica uno adquirido, es muy difícil que se contagien otras personas
porque no forma parte de esa visión compartida y se queda aislado con pocas posibilidades de generalizarse.
Los marcos mentales se mantienen con conceptos propios que tienen
unos significados diferentes, aunque su representación visual o auditiva
sea única, en función del marco al que pertenecen. Eso hace que
la comunicación dependa del marco de partida y del de llegada ya que en cada uno
los conceptos tienen significados diferentes influidos, además por las experiencias personales y soicales de cada individuo.
Y así generación tras generación.
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