lunes, 30 de diciembre de 2019

Llega la electricidad

Un verano llegó la electricidad al pueblo de mis abuelos. Yo tendría 5 ó 6 años y, como muchos veranos, estaba con ellos.

El vecindario estaba muy nervioso desde que el alguacil había recorrido todo el pueblo con su cornetín, parándose en las esquinas y plazas de siempre, anunciando que al día siguiente, para quién tuviera la bombilla instalada, y digo bien, la bombilla, porque en aquel entonces sólo las casas fuertes habían instalado una única bombilla en la cocina, donde se hacía la vida, con un cable hasta la puerta de la casa conectado con los otros cables que se habían ido colgando por las calles del pueblo, pues bien para esos llegaría la luz a las doce.

Dio la casualidad que a esa misma hora también llegaba el coche de línea y, como por aquel entonces la mayoría no había visto como funcionaba el prodigio de la electricidad, muchos pensaron que sería algo que traerían en el coche de línea. Así que al día siguiente, a las doce en punto, se congregó casi todo el pueblo a esperar el coche de línea y contemplar en directo aquel misterio. Muchos incluso llevaron capazos, cubos y, hasta Remigio, el de la Jacinta, fue con el burro y los serones por si era cosa de peso. 

A la hora prevista llegó el esperado coche. Victoriano, el chófer, miraba asombrado a la población allí reunida, en la parada, nunca había visto tanta espectación. Las gentes, a su vez, miraban asombrados el vehículo esperando impacientes que se abrieran las puertas. 

Salió Pedro, el de la fonda, que venía de Zaragoza de que lo visitará un médico muy afamado, y unas jóvenes que volvían a pasar el fin de semana en casa, Victoriano y nadie más ni nada más. 

Las gentes no se movían. Miraban y se miraban decepcionadas. Alguien se atrevió a preguntar:

- "Y la luz?". 

- "¿Qué luz?, - preguntó Victoriano. 

- "¿La que llegaba traías en el autobús?".
 
Victoriano se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo y comenzó a reirse a carcajada limpia. 

Mi abuelo me dijo:

- "Vámonos". 

- "¿Y la luz?". 

- "Te la voy a enseñar".

Mi abuelo parecía poco instruído porque sólo fue a la escuela lo justo para las primeras lecturas y los primeros cálculos y, en esa época en la que conviví con él, era pastor de cabras y aparcero para las casas pudientes del pueblo, pero en su vieja y raída chaqueta de pana negra, en alguno de sus bolsillos, nunca faltaba alguna hoja de periódico o alguna pequeña revista que leía y releía una y otra vez mientras las cabras ramoneaban. Por eso sabía que era lo de la electricidad y sabía que a la casa de Fulgencio, el de la plaza de la obra nueva que después de varios siglos seguía inacabada, ya habría llegado porque una tarde en la que se acercó para apalabrar la jornada siguiente, mientras empinaba el porrón que Fulgencio le había ofrecido, había visto la extraña bombilla colgando del techo de la cocina a la espera de que un milagro se produjera. 

Cuando llegamos, como había imaginado mi abuelo, encontramos a Fulgencio y a toda la familia mirando al techo, extasiados ante aquella luz que colgaba de un hilo, silenciosos como si estuvieran contemplando el misterio de la creación del Universo.

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José Luis Murillo García

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