viernes, 20 de diciembre de 2019

La ribera del río Oka

En la ribera del río Oka vivían felices numerosos campesinos; la tierra no era fértil, pero labrada con esmero producía lo necesario para vivir con tranquilidad y poder guardar algo de reserva.

Iván, uno de los labradores, trajó una hermosísima pareja de perros froilanes, una especie de perros que parecian tranquilos, pero que eran muy agresivos con desconocidos, para defender su casa y sus campos. Los froilanes, al poco tiempo, se hicieron conocidos por todos los campos del Oka por sus continuas correrías, en las que ocasionaban destrozos en los sembrados y las ovejas y los terneros no solían quedar bien parados.

Nicolai, vecino de Iván, en la primera feria de Tula, también compró otra pareja de froilanes para que defendieran su casa, sus campos y sus tierras.

Poco a poco todos los vecinos fueron comprando froilanes para defender sus casas hasta tener auténticas jaurías con muchos perros, pero a la vez que a cada campesino le parecía que estaba mejor protegido, los froilanes se hacían más exigentes, ya no se contentaban con los huesos y demás sobras, sino que había que reservarles los mejores trozos de las comidas y hubo que construirles recintos cubiertos y dedicar más tiempo a sus cuidados.

Al principio, los nuevos guardianes pelearon con los antiguos, pero al pronto se hicieron amigos y todos hacían juntos las correrías.

Los amos asustados cerraban bien sus puertas y decían:

"¡Dios mío! ¿Qué sería de nosostros sin estos valientes froilanes que tan cuidadosamente cuidan de nuestra casa?".

Entre tanto, la miseria se había asentado en la aldea; los niños cubiertos de harapos, padecían de frío y hambre y las gentes, por más que trabajaban de la mañana a la noche, no conseguían arrancar del suelo el sustento necesario para su familia.

Un día se quejaban de su suerte delante del hombre más viejo y más sabio de la aldea, y como culpaban de ella al cielo, el anciano les dijo:

"La culpa la tenéis vosotros. Os lamentáis que en vuestra casa falta pan para vuestros hijos y veo que mantenéis a docenas de froilanes".

"Son los defensores de nuestras familias".

"¿Los defensores? ¿De quién os defienden?".

"Señor, si no fuera por ellos, los froilanes extraños acabarán con nuestro ganado y hasta con nosotros mismos".

"¡Ciegos!" –les contestó el anciano– "¿No comprendéis que los froilanes os defienden a cada uno de vosotros de los froilanes de los demás y que si nos los tuviérais no necesitaríais defenseores que se comen todo el pan que debiera alimentar a vuestros hijos? Suprimid los froilanes y la paz y la abundancia volverán a vuestros hogares".

Y siguiendo el consejo del anciano se deshicieron de sus defensores y un año más tarde sus graneros y despensas no bastaban para contener las provisiones, y en el rostro de las niñas y los niños sonreía de nuevo la salud y la prosperidad.

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Adaptación de un cuento de León Tolstói

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