El rey quería mucho a su viejo maestro de obras y, apenado, le dijo:
– "Está bien. Has hecho grandes trabajos para mí y tienes todo el derecho a jubilarte, pero quería pedirte un último favor, que hagas un último esfuerzo y construyas tu última casa".
El maestro de obras accedió de mala gana porque ya estaba cansado y sentía que su rey se quería aprovechar de su trabajo para que le hiciera una casa más. Por eso no hizo bien su trabajo, no se esforzó ni puso el cuidado de siempre y utilizó materiales de muy baja calidad. Fue la peor casa que había construido en toda su vida.
Cuando el maestro de obras terminó la casa, el rey fue a inspeccionarla, le abrió la puerta al maestro de obras, lo invitó a seguirle y, para su sorpresa, el rey le dijo:
– “Esta es tu casa, mi querido maestro de obras, era mi regalo sorpresa para ti por tu jubilación y por los muchos años que has trabajado tan bien para mí. Gracias.”
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