Todos los pajaritos eran felices jugueteando en el nido, y una mañana les tocó aprender a volar. Todos estaban nerviosos e ilusionados, ya que este era un gran paso y, aunque no lo decían, tenían algo de miedo.
Poco a poco aprendieron todos a aletear y a comenzar sus primeros vuelos. Llegó el turno del pequeño pajarito. Saltó desde el nido al aire, pero estaba tan temeroso que sus alitas no le respondieron bien y comenzó a caer a gran velocidad, mientras sus hermanitos y su madre le gritaban
– “¡Abre las alas, abre las alas y muévelas!”.
Intentó abrirlas, pero se golpeó con una rama. Su mamá tuvo que volar en su ayuda y recogerlo antes de golpearse contra el suelo, pero su ala ya estaba herida.
A causa de este accidente, el pequeño pajarito ya no intentaba volar, le daba mucho miedo y pensaba que nunca aprendería, así que se quedaba por el suelo y por las ramas de menos altura dando saltitos.
Una tarde, mientras paseaba, escuchó un ruido desde lo alto. Levantó la cabeza y vio a uno de sus hermanos enganchado entre las ramas de un árbol, en lo más alto.
– "¡Ayúdame, no puedo moverme, me caigo!", –le dijo su hermano–.
– "¡Iré a buscar a alguien, no te muevas!", –respondió el pajarito–.
– "¡No, no hay tiempo, vuela y ayúdame!", –le dijo su hermano–.
El pajarito cerró los ojos y comenzó a mover sus alas con todas sus fuerzas, pero con mucho miedo. Aleteaba y aleteaba pensando que sería inútil y entonces, notó el aire en sus alas y el vacio bajo él. Abrió de nuevo los ojos para comprobar sorprendido que estaba volando. El pajarito voló y voló y ayudó a su hermano a soltarse.
Así descubrió que siempre había podido volar, pero nunca lo había vuelto a intentar porque siempre había creído que no podría hacerlo.
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Adaptación de un cuento popular
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