Cañas, mimbres, cestas,
dedos que trenzan
plantas y cometas
en la misma urdimbre
urden mimbres
dedos de caoba.
Sentada sobre la acera,
encogida,
pregunta como la quieres
y penetra en el templo del silencio
como una diosa olvidada,
como una remota sacerdotisa
entre altares de incienso;
teje que te teje, trenza
que te trenza ante tus ojos
de niño absorto ante su rito,
una y cien veces repetido,
de unos dedos que, más que trabajar, bailan
sobre los acordes de la cesta.
Corta la última caña,
entrega su obra,
recoge tu ofrenda
y marcha con sus trastos,
con sus dedos, con sus mimbres
y con el secreto de su existencia.
(Barcelona 1980)
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